Por: Eliana Valderrama

No es que esté elogiando el tener que montar en bus, pero al no tener carrito, toca verle las ventajas y resignarse a usarlo. El bus, colectivo, el “cheto”, el ejecutivo, replica de lo kitsh, o como le quieran llamar al servicio de transporte público, es casi uno de los inventos más perfectos que pudieron haberse hecho para los pobres, es barato por que uno paga el pasaje y no tiene que preocuparse por el combustible o por el parqueadero para evitar una multa de tránsito por paquearse por ahí o para evitar que los ladrones se le lleven el carrito. Además este transporte lo lleva a uno a donde “necesita” (aunque a veces toca caminar unas cuantas cuadras de más). Uno se encuentra con gente de toda clase y aprende distinguir la identidad cultural de la ciudad.

Cuando volví a vivir en Bogotá, me acuerdo que recién estaban inaugurando Transmilenio, era obvio que yo también quería montarme en el nuevo sistema de transporte de la ciudad que tenía pinta de europeo y del que todo el mundo hablaba. Lo hice un lunes, eran como las cuatro de la tarde, cogí una alimentador que me recogía en la Av. Suba con 142 y me llevaba hasta una estación de la 80 (por aquel entonces no existía el tramo de la av. Suba). Primero fue un caos total entender el maldito mapa que tenía más letras y números que las ecuaciones que ponía el viejito Ernesto (el profe de ‘Trigo’ de 11) en el tablero, y después no sé qué fue más largo, si el recorrido en el alimentador desde la Suba hasta la 80 o en el mismo bus articulado desde la 80 hasta la Caracas con 53.

En fin, ese bus iba muy lleno, me hice cerca de la puerta y cada vez que abría y cerraba casi me ahogaba presionada contra la demás gente. Mejor dicho, la primera vez en ‘Transmilleno’ fue traumática, por ello preferí en ese instante jamás volver a utilizarlo e intentar con el trasporte convencional

Fue duro acostumbrarme a la movida de coger bus, al principio uno todo un provinciano no sabe defenderse bien. Sin saber que al bus hay que hacerle la señal de pare con la mano desde que viene una cuadra antes, el bus paraba una cuadra después o simplemente se iba sin mí. Otras veces se me pasaba porque otros buses paraban a recoger los pasajeros que estaban a mi lado o simplemente iban tan llenos que no se les daba la gana de recoger uno más.

Ahora, qué decir cuando uno se sube al bus, va lleno, a uno le toca de pie a la intemperie de lo que pueda pasar cuando el busetero frena hasta donde le permita el pedal, cuando los tipos morbosos les gusta hacerse detrás de uno, cuando alguien va sostenido de la barra del techo del bus y de su axila sale un olor horripilante, o cuando alguien con una historia reforzada se sube a venderle desde un dulce hasta un cepillo de dientes.

El otro día fui víctima de la pisada de un tacón puntiagudo, de un sombrillazo de una señora que salió de afán a bajarse por la puerta de atrás y de la no devolución de dinero que me quedaba cuando pagué el pasaje con un billete de diez. Una conversación por celular del compañero de puesto casi me causa un daño en el oído o mejor dicho, en las neuronas, uno por que hablaba fuertísimo y dos, por que lo hacía con un lenguaje que yo creo que hizo retorcer a Cervantes y a Neruda en sus tumbas.

Es traumático, en serio, aunque a veces a uno se le olvida lo que se siente, pues la costumbre causa ese efecto; lo recuerda solo cuando ve por la ventana y al lado del bus va el que tiene carro, que va bien cómodo, con su Ipod escuchando la música que le gusta y no las rancheras que pone el señor del bus. También cuando es época de invierno, el tiempo y la plata invertidos en la peluquería quedan perdidos mientras esperaba a que pasara la bendita buseta, todo por que se agarró a llover y no tenía paraguas.

No sé si los que nos tocó esta pobre vida hayamos hecho mal en la antigua existencia; sólo pido que los santos nos escuchen, que las próximas administraciones distritales hagan al menos un esfuercito por hacernos a los bogotanos la vida más fácil, que así como se inventan cuentos para conseguir votos, se inventen algo para mejorar el transporte.

No lo digo solamente por el vía crucis que hay que hacer para trasladarnos de un lugar a otro, si no también por el problema coyuntural que esto causa: la contaminación ambiental emitida por los gases de estos buses, la sobreoferta de transporte que convulsiona la cuidad, las por lo menos tres horas de tiempo que cada ciudadano gasta subido en un bus (tiempo que podría utilizar durmiendo un poquito más), la compra de motocicletas por parte de ciudadanos que quieren dejar de montar en bus y terminan siendo estrellas negras, los empujones, los tipos morbosos detrás de uno y el olor de la axila del tipo del lado. Si los de corbata se subieran al transporte público, de seguro, trabajarían por cambiar todo esto.